¿Es inmoral seguir como aficionado el deporte profesional?

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Javier García Herrería.

Profesor de Filosofía

Hace 10 años la lectura de Michael Sandel me sirvió para darme cuenta de que hay importantes cuestiones morales en juego en torno al deporte profesional y amateur. Este artículo le debe muchas ideas y ejemplos a Sandel, especialmente en sus obras Contra la perfección y Lo que el dinero no puede comprar. Como este texto es divulgativo se han omitido las referencias a estas dos obras, pero más de la mitad de los ejemplos pertenecen a esos textos.

Antes de nada, quiero aclarar que me encanta el deporte, he sido muy deportista y todavía practico semanalmente deportes de raqueta. Lo menciono para subrayar que este no es un artículo contra el deporte, sino contra el deporte profesional o amateur de alto rendimiento tal y como se practica en los últimos años.

Empecemos por las críticas más evidentes. La exigencia de cualquier deporte profesional hoy día es altísima y desmedida para nuestras capacidades físicas, que evidentemente son limitadas. Por eso, no es de extrañar que la mayoría de jugadores tenga secuelas físicas más o menos serias para el resto de sus vidas. Los ejemplos en este ámbito serían inacabables. Ahí tenemos al último campeón del torneo de Augusta, Tiger Woods, que ha sido operado cuatro veces de rodilla y cuatro de espalda. Hace dos años no sabía si podría volver a caminar, pero su determinación le ha llevado de nuevo a lo más alto. Sin embargo, cabe preguntarse si merece la pena pagar el precio de una vida con grandes molestias físicas cuando se retire.

También tenemos el testimonio de André Agassi en su sobrecogedora biografía, donde muestra cómo los últimos años de su carrera fueron un calvario de dolores. Y es que el calendario del circuito internacional de tenis es ciertamente sobrehumano, como varias veces han denunciado los jugadores, entre otros Rafa Nadal. Él es un buen ejemplo de lo que tratamos de señalar, pues cuando se retire ya sabe que tendrá molestias crónicas en varias articulaciones, especialmente las rodillas. Y es que hemos llegado a un punto en que los mejores dotados para el deporte son los que peor salud tendrán una vez acaben sus carreras. ¿No es un poco extraño?

Los problemas de salud crónicos no afectan solo a los deportistas más competitivos y mejor pagados. Son algo común de cualquier deporte olímpico, salvo quizá el tiro con carabina.  Ahí tenemos a Carolina Marín, campeona de todo lo posible en Bádminton y con toda una vida por delante con dolores en el tobillo y el hombro. Mención aparte merecerían el ciclismo, el boxeo, el culturismo o el fútbol americano. Este último no es reprobable solo por las consecuencias que entraña para el cerebro por los golpes recibidos, sino que también es censurable porque muchos jugadores engordan su cuerpo para convertirse en desproporcionadas masas de carne capaces de placar a cualquier rival. Los problemas vienen después, cuando tras retirarse de los terrenos de juego las articulaciones no aguantan semejante peso.

Por si fuera poco desgaste, la recuperación de las lesiones y la fatiga de los deportistas profesionales a veces no solo requiere tiempo, gimnasio y vitaminas sino también de una importante dosis de píldoras y drogas hasta dónde alcance el límite del dopaje en cada momento. Las consecuencias para la salud en este ámbito no son del todo claras, aunque quizá sea mejor no investigar mucho no vaya a ser que tengamos que reconocer que son preocupantes.

Sobre el asunto del dopaje, merecería un artículo aparte las presiones a las que se vieron sometidos los compañeros de Lance Armstrong para doparse y estar a la altura de las exigencias de su jefe de filas. Y todavía es más extraño que haya autores como Savulescu que proponen como solución la legalización de las drogas en el deporte para igualar la competición y que no solo hagan trampas los más ricos.

Pero el único problema del deporte profesional no son solo sus devastadoras consecuencias físicas. También impulsan una mentalidad perfeccionista y controladora, en la que el deportista vive exclusivamente para competir. Esto también puede ocurrir en cualquier profesión, en la medida en que sus trabajadores se dediquen en cuerpo y alma a su trabajo como si la vida no tuviera otras dimensiones. Pero esto no debe ser una excusa para plantearnos si vamos en la dirección correcta, sino que debe ser un acicate para denunciar los excesos en cualquier ámbito, ya sea la de los trabajadores de banca de inversión que hacen jornadas de 17 horas o la de los que trabajan 90 horas en fábricas de países pobres. El problema del deporte profesional es que casi todos los que están en la élite tienen que vivir de ese modo, y aunque sea una elección voluntaria no por ello es buena.

Este asunto afecta de modo diverso a unos y otros. Quizá el caso más paradigmático sea el de Cristiano Ronaldo, cuyo perfeccionismo y obsesión le llevan a controlar hasta el más mínimo aspecto de su alimentación. En otros ámbitos, por ejemplo en el de la moda, hemos puesto límites a una cultura profesional que conllevaba graves consecuencias para la salud y es un ejemplo social corrosivo. Por eso celebramos como un avance que las modelos tengan que tener una masa corporal mínima, por mucho que algunas de ellas deseen libremente estar más delgadas.

Para competir en el deporte hay que ser mínimamente ambicioso, pero no hay que olvidar que la virtud está en un justo medio. El deporte profesional nos muestra frecuentemente uno de los extremos, pues algunos deportistas sacrifican su vida en busca de una gloria humana que no merece tanto esfuerzo. Por ejemplo, Tom Brady, el legendario quarterback de los Patriots empieza una nueva temporada con 41 años, pero para conseguir estar en lo más alto un año más necesita una dieta a base de zumos y un masajista personal que a diario le estire los músculos de sus articulaciones mucho más allá de lo natural, de modo que soporten a su edad el castigo de la máxima competición. Ya sabe que vivirá el resto de su vida con dolores, pero prefiere hacerlo si puede ganar todavía algún título más. Por supuesto, el resto de sus admiradores lo admitimos encantados, pues seguimos disfrutando del espectáculo que nos ofrece cada vez que salta al campo. La pregunta que debemos hacernos es si es razonable que como sociedad fomentemos este estilo de vida para poder desarrollar una profesión.

Esta mentalidad obsesiva con el éxito deportivo se desarrolla cada vez desde edades más tempranas. Llevamos décadas viendo el desarrollo de padres locos por hacer a sus hijos auténticos campeones desde la cuna. Los progenitores de Tiger Woods, André Agassi o las hermanas Williams sirven para preguntarnos hasta qué punto unos padres pueden robar la infancia y adolescencia de su hijo para que triunfe en un ámbito. Además, no debemos olvidar que estos casos son los que han acabado triunfando a nivel deportivo (a nivel personal el balance es muy distinto), y detrás de estas historias hay decenas de niños que se han quedado en el camino, sin infancia y en muchas ocasiones con secuelas físicas serias por exceso de entrenamiento. Como es natural, muchas instituciones deportivas favorecen esta profesionalización de los entrenamientos pues velan más por la creación de grandes estrellas que por la salud de los jóvenes.

Otro aspecto cuestionable de la vida de algunos deportistas profesionales es la cantidad de dinero que cobran. No es este el momento de cuestionar la legitimidad de cobrar esas cantidades, sino la capacidad destructiva que tienen las grandes cantidades de dinero en la vida de personas tan jóvenes. Pocos son los que no se dejan llevar por excesos negativos o sobreviven a las tensiones familiares que se generan con tanto dinero de por medio. El documental de Broke en 2009 puso el dedo en la llaga de este asunto. Deberíamos pensar dos veces si compensa ganar tanto dinero siendo joven después de ver cómo les va a muchos deportistas. Por ejemplo, más de dos tercios de los jugadores de la NBA y la NFL están arruinados cinco años después de retirarse. En otros deportes o países no hay estadísticas, pues solo los americanos son capaces de medirlo todo (o casi).

Podría argumentarse que esto mismo que pasa en el deporte pasa también en otros ámbitos, como la música y el cine. Cantantes y actores suelen tener unos desarrollos vitales mucho más azarosos que los del común de los mortales. Es cierto, pero debemos entonces intentar mejorar esos ámbitos también, en vez de acostumbrarnos a que las personas que triunfen en este tipo de profesiones acaben devoradas por su éxito.

¿Se debe apoyar el deporte profesional sabiendo los efectos que tiene en los deportistas?

Hemos analizado las graves consecuencias que tiene el deporte profesional para quienes lo practican. Ahora bien los deportistas no son los únicos que salen perjudicados. Los aficionados también tienen su parte de responsabilidad. Veamos algunos ejemplos. Un reducido número de aficionados tiene la suerte de acudir a ver el fútbol a los estadios. Lo malo es que estos lugares se han convertido en un espacio donde no solo se tolera sino que a veces se fomenta y se ve con buenos ojos el insulto y la denigración de los jugadores rivales o el árbitro. Y nos hemos acostumbrado tanto que hemos perdido la sensibilidad para plantearnos si acaso no estará mal que un aficionado profiera vejaciones gratuitas, ya sea en directo o desde el sillón de su casa. Parece que hemos admitido que hay contextos o lugares donde la mala educación y la falta de respeto tienen cabida. E hilando más fino aún, ¿no nos hacemos peores personas cuando nos enfadamos desproporcionadamente por un error arbitral o porque el balón entró en la portería de nuestro equipo?

Capítulo aparte merece la actitud de muchos aficionados y no pocos periodistas que no solo no censuran este tipo de comportamientos, pues también están inmunizados contra ellos, sino que en ocasiones alientan las malas artes en el juego con tal de obtener resultados positivos para sus equipos favoritos. La etapa de Mourinho en el Madrid ofreció bastantes ejemplos en este sentido. Y es que, si existe un sesgo de confirmación que a todos nos afecta, se nota más en un asunto como en el deporte donde priman tanto las emociones. Eso explica que los aficionados muchas veces sigan defendiendo a sus estrellas favoritas a pesar de que algunos de ellos se hayan convertido en auténticos delincuentes. Los casos de las grandes estrellas del Madrid y el Barcelona defraudando millones de euros en impuestos no parecen haber afectado a la popularidad de esos jugadores y, francamente, resulta lamentable comprobar la altura moral de nuestra sociedad, capaz de soportar semejantes tropelías con tal de que siga el espectáculo y el entretenimiento.

Nos estamos acostumbrando cada vez más a mensajes poco sensatos en el mundo del deporte, por ejemplo, la violencia no solo se tolera más sino que incluso se incentiva. Algunas marcas deportivas sustentan la idea de “destrozar” a tu rival; o se dicen cosas como que “el campo de juego es un campo de batalla”. Evidentemente casi nunca se dicen en un sentido literal, pero poco a poco van influyendo en nuestra percepción del deporte.

El último de los grandes asuntos que ha llegado para corromper al aficionado es el mercado de apuestas. Las apuestas pervierten el espíritu deportivo en la medida en que facilitan que uno siga una competición no por la belleza que entraña la competición, sino por la adrenalina que despierta el riesgo de ganar dinero. Y como todos sabemos, este es el efecto benigno de las apuestas, lo verdaderamente trágico son los serios problemas que está generando en forma de adicciones, personas arruinadas y familias destrozadas. Y lo malo es que este ámbito no ha hecho más que empezar y sigue creciendo con fuerza. Nosotros, como niños ingenuos, contemplamos tan contentos que los patrocinadores de algunos grandes equipos y muchos de los anuncios en los espacios deportivos sean casas de apuestas. Así nos va.

Todas estas ideas facilitan entender que el aficionado del deporte profesional no es un mero espectador pasivo que no tenga responsabilidad alguna en los efectos negativos que produce. La información que tenemos hoy día es suficientemente amplia y contrastada como para saber que el deporte profesional tiene muchas sombras, y nosotros como espectadores estamos cooperando de manera esencial al desarrollo de una industria del espectáculo y el entretenimiento, que se cobra muchas víctimas.

Es hora de despertar del fondo de la caverna platónica, de decir que en el deporte profesional el rey está desnudo, o de lo contrario seremos capaces de tolerar grandes abusos sobre unos pocos inocentes que encantados de hipotecar su salud por el bien del entretenimiento de unos cuantos millones de personas aferrados al mando a distancia. Puede parecer una exageración, pero creo que no lo es. Todos conocemos y hemos tolerado sin mucha protesta los graves abusos que están sufriendo los obreros que trabajan en los estadios del mundial de Qatar. Y es que el precio de no tener un mundial es demasiado alto y seguramente estaremos encantados de seguirlo de cerca.

Quizá no nos demos cuenta, pero el mundo del fútbol hace mucho tiempo que está bastante podrido, como muy bien puso de manifiesto John Carlin en su artículo de 2016. Como señalaba entonces, la corrupción en el fútbol tiene “un aliado aún más poderoso: nosotros, los aficionados; los que les pagamos la fiesta; los que, pese a todo, preferimos no saber”.

¿Y cómo solucionamos todo esto?

Los mejores programas para prevenir el acoso escolar son los que han puesto el acento en subrayar el papel de los compañeros que son testigos de abusos. Ellos son también responsables por tener conocimiento de los hechos y capacidad de actuación. Desde el pasado mes de abril, en la Comunidad de Madrid, un alumno que es testigo de vejaciones y no las denuncia, puede ser expulsado una semana del centro escolar. Aplicando esta analogía al caso del deporte, quizá deberíamos pensar más en nuestra responsabilidad al consumir y apoyar determinadas actividades deportivas. Es difícil negarse a disfrutar de algo tan arraigado en nuestra cultura y por el mero hecho de leer este artículo es difícil que uno cambie completamente tu actitud. Por eso, si no puedes apagar la tele, por lo menos fomenta el debate público sobre este asunto. Quizá si empezamos a ponerlo sobre la mesa, entre todos podamos presionar para que mejore la situación.

Por ejemplo, habrá que asesorar y formar mejor a los jugadores para que no sean tan derrochadores. Algunos han propuesto que solo puedan cobrar anualmente el 10% de su sueldo, de modo que cuando se retiren tengan un fondo con casi todo lo ganado. Por supuesto, el ambiente en los estadios o en los bares también puede enmendarse, al igual que la corrupción y transparencia de los organismos internacionales o el mercado de apuestas.

Lo que ya no parece tan fácil de mejorar es el desarrollo de la mentalidad de control obsesivo que desarrollan muchos deportistas profesionales y cada vez más deportistas aficionados. ¿Qué solución podría darse? ¿Limitar el número de horas para entrenar? ¿El número de años que se puede competir? Es algo mucho más difícil de arreglar y que puede constituir una seria objeción para el desarrollo del deporte profesional.

Recapitulo los argumentos de estas líneas. La gran mayoría de deportes profesionales tienen una parte inmoral por varias razones: atentan contra la salud de los deportistas, que exprimen su cuerpo hasta el máximo y genera nefastas consecuencias físicas para el resto de su vida; favorecen el desarrollo de una mentalidad obsesiva con el trabajo, al que dedican casi toda su atención y esfuerzo; cada vez más es necesario sacrificar la infancia y la juventud para desarrollar una carrera deportiva profesional; los grandes sueldos de algunos jugadores les exponen a un innegable riesgo de truncar sus vidas por el afán de lucro.

Pero las consecuencias negativas no se ciñen solo a los deportistas. Cada día que pasa los aficionados dejan de ser inocentes espectadores del deporte y pasan a ser cómplices y aliados de la corrupción y explotación de personas. Además las emociones de los seguidores en ocasiones corroen su personalidad moral y generan odios absurdos habida cuenta de que se trata solo de un juego.

Bibliografía:

Sandel, M. Lo que el dinero no puede comprar. Debate. 2013.

Sandel, M. Contra la perfección. Marbot. 2007.

Para citar este artículo

García Herrería, Javier (2019). ¿Es inmoral seguir como aficionado el deporte profesional? En Niaia, 29/11/2019 accesible en https://www.niaia.es/sonhttps://www.niaia.es/es-inmoral-seguir-como-aficionado-el-deporte-profesional/

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