NIAIÁ

Virtudes argumentativas

Lourdes Cardenal Mogollón.

Profesora de Filosofía. Miembro del equipo Niaiá.

Freepik (CC-BY-SA)

Cada vez que nos enfrentamos a un problema moral e intentamos tomar una decisión respecto a cuál es la mejor manera de resolverlo o de actuar ante él estamos entablando un discurso con nosotros mismos y con los demás. 

Incluso si el discurso es interno y lo realiza el sujeto consigo mismo, no es un sujeto individual, pues las ideas que contrastará y analizará estarán tomadas de su sociedad y su cultura, de sus lecturas, de lo que previamente ha escuchado y de lo que, en anteriores discusiones y conversaciones, ha aprendido… Que el sujeto sea capaz de actuar ante sus pensamientos como si estuviese discutiendo con las ideas de otros es fundamental para que un problema moral sea bien analizado y finalmente resuelto, pues permite adquirir una cierta lejanía con nuestras propias creencias y prejuicios, objetivizarlos y, por ello, poder cuestionarlos, tomar en cuenta otras posibilidades y ver así el problema desde distintas perspectivas. Se trata, en definitiva, de relativizar nuestras propias ideas y puntos de partida para poder inspeccionar en detalle, de manera crítica y con la máxima objetividad posible, las distintas alternativas existentes de actuación.

Aprender a ser críticos con nuestros propios pensamientos no es algo que se aprenda en los libros de texto o con una serie de lecciones magistrales. Es el resultado de interiorizar ciertas destrezas cognitivas (cuestionar, relativizar, buscar alternativas, identificar prejuicios…) que son propias del diálogo y la discusión de ideas (pues la contrastación de ideas nace como fruto del disenso entre distintos puntos de vista o posturas). Por ello, aunque la resolución de problemas morales tiene como fin que la persona pueda finalmente tomar decisiones de manera autónoma y responsable en cualquier contexto, para ello habrá de aprender antes a tomar decisiones y resolver problemas con y en colaboración con los demás, ya que es en el diálogo con los otros donde se entrecruzan distintos puntos de vista y puede generarse un espacio para la comparación, relación y evaluación de las ideas. 

Habermas consideraba que la discusión se daba allí donde alguno de los universales del habla faltaba. Cuando tenemos claro que algo es verdadero, cuando lo comprendemos bien, cuando sabemos que se nos dice con honestidad (o que estamos siendo sinceros con nosotros mismos), y cuando se adecúa a las normas de comunicación, entonces, no es necesario replantearse nada. La solución al problema se distingue inmediatamente. Pero en los problemas morales, como en todo problema, la decisión es aún una incógnita, y por ello se hace necesaria la deliberación. 

“Mientras que una oración gramaticalmente correcta satisface la pretensión de inteligibilidad, una emisión o manifestación lograda ha de satisfacer tres pretensiones de validez: tiene que ser considerada verdadera por los participantes, en la medida en que refleja algo perteneciente al mundo; tiene que ser considerada veraz, en la medida en que expresa las intenciones del hablante, y tiene que ser considerada normativamente correcta, en la medida en que afecta a expectativas socialmente reconocidas”.

El diálogo y la discusión son fruto así de la existencia de un problema que queremos resolver, y la resolución de problemas morales, en tanto que proceso de deliberación, habrá de tomar así la forma de un diálogo (interior o comunitario) que busca dar respuesta al interrogante planteado. 

Ya hemos anotado previamente la importancia que tiene la búsqueda de soluciones basadas en buenas razones. Saber argumentar, pensar con coherencia, rigor y consistencia, evitar las falacias… son sin duda destrezas que facilitarán que lleguemos a la resolución de los problemas morales, pero no es lo único necesario. Cuando se trata de la toma de decisiones, bien sea en comunidad, bien sea a través de un proceso reflexivo individual, el contenido no es lo único que importa, hay también que prestar atención a la forma. Y por contenido entendemos las ideas, pensamientos, argumentaciones… que un sujeto realiza para aclarar y desenredar un problema, mientras que por forma entendemos el uso e intención de uso de los argumentos e ideas que hace en la discusión y su actitud ante la discusión misma. 

La razón de que la forma importe radica en que es muy difícil llegar a soluciones con uno mismo o con los demás si no es teniendo una actitud de respeto ante los mencionados universales del habla (en el momento en el que alguien no es sincero o no cumple con las reglas del diálogo se corta el proceso de comunicación). Si no tenemos un diálogo honesto y respetuoso caemos en el debate egoísta, en el espectáculo, en el monólogo ególatra… en definitiva, en una controversia destructiva caricatura de la democracia, la demagogia, la cual, en tanto que no aspira a buscar un consenso y hacer del diálogo una herramienta de construcción sino de lucha y demostración de poder, no produce aquello para lo que nació, esto es, riqueza de ideas, mejora y avance de las condiciones de vida y, finalmente, bienestar social. 

El diálogo sincero y humilde, abierto a la mejora y al cambio, es el núcleo de la democracia, su condición de posibilidad (donde no hay diálogo e impera el monólogo reina la tiranía y el absolutismo), pero, si este falla en su forma, la democracia deja de ser tal para convertirse en algo muy distinto. 

Hay que advertir que por democracia no nos referimos únicamente a un cierto sistema de gobierno, sino a la relación entablada entre individuos que se respetan como iguales, que se valoran y son conscientes de que, juntos, como diría Popper, podemos llegar mejor a la verdad (“Yo puedo estar equivocado y tú puedes tener la razón. Y, con un esfuerzo, podemos acercarnos los dos a la verdad”). 

Esta manera de relacionarse con los otros es la base sobre la que puede construirse una auténtica democracia social y política. Una democracia que cree en los ideales ilustrados y en la capacidad del ser humano para hacer de sí mismo un sujeto mejor y para hacer de su mundo un lugar también mejor y es que, tal como indicaba Dewey, la democracia es una manera compartida de vivir, y la naturaleza humana sólo se puede desarrollar en grupos y sociedades que sean realmente democráticos.

Pero para que esta democracia sea una realidad en los círculos de la escuela, los institutos, los trabajos, las comunidades de vecinos y vecinas… es necesario que, además de darle voz a sus miembros, se les enseñe a respetar los universales del habla y a ejercer con responsabilidad su papel en la comunidad. Para ello se requiere que los participantes en el acto comunicativo asuman ciertas disposiciones morales que faciliten el diálogo constructivo, en concreto, es necesario que haya una actitud crítica a la vez que constructiva, objetiva a la vez que empática, humilde a la vez que valiente, asertiva a la vez que tolerante, y de escucha activa a la vez que de búsqueda de la aportación enriquecedora. 

Estas son algunas de las llamadas virtudes argumentativas, aunque desde luego no son las únicas. Si queremos ser partícipes de un proceso deliberativo fructífero para todos,  entonces debemos atender a las siguientes virtudes: 

  • Escucha activa.
  • Principio de caridad: (pensar de entrada que el otro puede tener razón y a partir de ahí continuar indagando).
  • Respeto por los participantes.
  • Amor por la verdad.
  • Capacidad crítica.
  • Talante constructivo.
  • Búsqueda de la objetividad.
  • Empatía.
  • Humildad.
  • Valentía.
  • Asertividad.
  • Tolerancia.
  • Integridad.
  • Sinceridad.
  • Perseverancia.
  • Cooperación.
  • Cordialidad.
  • Imparcialidad.

Como decía Aristóteles, las virtudes no se aprenden teóricamente, la única manera de adquirirlas es a través del hábito y la costumbre. Nos hacemos humildes practicando la humildad y valientes practicando la valentía. Por ello, en todo contexto en el que quiera enseñarse a resolverse problemas morales o en el que se desee ayudar a niños, adolescentes o incluso adultos, a dirigir adecuadamente sus pensamientos, es necesario abrir un espacio para la vivencia, la comunicación y la experimentación significativa de estas virtudes.  

La FpN, en tanto que promueve la transformación del aula en una comunidad de investigación filosófica, es un ejemplo de programa donde se dan las condiciones necesarias para que este aprendizaje tenga lugar y lo tenga además entre iguales y a través de la propia fuerza del grupo que va, en comunidad, modelando y comprobando la fuerza de estas virtudes para lograr las metas propuestas (resolver problemas morales, pero también avanzar en la clarificación de conceptos, discurrir en torno a la sociedad, los derechos, la belleza o la naturaleza…). 

Del mismo modo que las destrezas cognitivas (comparar, relacionar, evaluar ideas…) se aprenden e interiorizan a través del diálogo con los otros, también las virtudes argumentativas van a requerir de la práctica y la experiencia social y comunitaria para que sean descubiertas, aceptadas y por ello, asimiladas y asumidas como propias. 

La resolución de problemas morales, así como la resolución de cualquier otro problema (en los que seguro habrá también aspectos morales a tener en cuenta), no requiere por tanto que los agentes deliberativos sean únicamente racionales, sino también razonables. No se trata únicamente de extraer consecuencias e identificar los valores en juego, sino de sentir humanamente el alcance de esas consecuencias y entender, también visceralmente, lo que supone priorizar ciertos valores antes que otros para uno mismo y para los demás.

Kant decía que los “pensamientos sin contenidos son vacíos; las intuiciones sin conceptos son ciegas”. Pero ahora sabemos que el conocimiento no es una cuestión individual, sino intersubjetiva. La verdad (y el avance y mejora social generado por ella) se fragua en comunidad, donde importa tanto lo que se dice, como el cómo se dice, tanto el rigor de los argumentos, como la intención y el respeto con el que se dicen.  Por ello, la afirmación kantiana debería ser completada con la siguiente: el habla sin materia está vacío; el diálogo sin el cuidado está ciego. Pues un discurso sin buenas razones, sin coherencia, sin justificación y argumentación, es un discurso vacío, que nada prueba y a nada concluyente llega, pero, por otro lado, un discurso sin ética, sin valores, donde no haya cuidado por los demás y por lo que nos rodea, un discurso que carezca de sujetos constructivos que se esfuercen por discernir, desde una actitud argumentativamente hablando, virtuosa, no se encamina hacia ningún destino común, es argumentar por argumentar, perdiendo así la meta hacia la que el habla, desde que apareció el ser humano, se dirige, y es que, como dijo Aristóteles “la palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto. Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él sólo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad”. 

BIBLIOGRAFÍA: 

Aristóteles. (1988), Política, Madrid, Gredos. 

Ferrer, E. (2009), Habermas: Universales absolutos. Por un diálogo constitucional mundial en aras de una búsqueda de la justicia sin fronteras. A Parte Rei, 63. 1-10. http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/ferrer63.pdf

García-Moriyón, F., González-Lamas, J., Botella, J., González, J., Miranda-Alonso, T., Palacios, A. y Robles-Loro, R. (2020). Research in Moral Education: The Contribution of P4C to the Moral Growth of Students. Education Sciences, 2020, 10, 119. 1-13.

Habermas, J. (1976), ¿Qué significa pragmática universal?. En Teoría de la acción comunicativa: complementos y estudios previos, Madrid, Cátedra, 1997.

Kant, I. (2003). Crítica de la razón pura, Madrid, Alfaguara.

Lipman, M.; Sharp, A.M. (1985). Ethical Inquiry: Instructional Manual to Accompany Lisa, IAPC: Montclair, NJ, USA.

Popper, K. R. (1997). El mito del marco común. En defensa de la ciencia y la racionalidad, Paidós, Barcelona.