Julián Arroyo. Catedrático de Filosofía
La reflexión de Markus Gabriel en la Méndez Pelayo plantea una crítica incisiva a la disonancia moral de nuestro tiempo: hemos alcanzado un nivel técnico capaz de imaginar —y hasta experimentar— realidades tan extravagantes como “dar sabor a objetos 4D creados mediante energía”, mientras seguimos siendo incapaces de garantizar las condiciones mínimas de vida para millones de personas. Esa contraposición no es solo una paradoja; es un diagnóstico de prioridades profundamente desalineadas.
El texto subraya que vivir hoy con estándares morales aceptables se ha convertido en un privilegio, casi un lujo, porque la estructura social global no distribuye de manera equitativa ni los recursos materiales ni los recursos éticos. La tecnología avanza con una velocidad vertiginosa, pero el progreso moral —que ya hemos conceptualizado, debatido y teorizado— permanece estancado. Es como si la humanidad hubiese desarrollado herramientas para transformar el mundo, pero no la voluntad colectiva para dirigir esa transformación hacia el bienestar común.
La propuesta de Gabriel es clara: sin un cultivo consciente de las emociones y sin un reconocimiento riguroso de los hechos, la sociedad queda a merced de la posverdad. En un entorno donde la información se manipula, se fragmenta o se distorsiona, la capacidad de sentir de manera empática y de pensar de manera crítica se vuelve un acto político y una forma de resistencia. La posverdad no se combate solo con datos, sino con una ciudadanía emocionalmente alfabetizada, capaz de distinguir entre lo que desea creer y lo que realmente ocurre.
En conjunto, el texto funciona como una llamada de atención: la técnica sin ética produce maravillas inútiles; la emoción sin hechos produce ilusiones peligrosas. Solo integrando ambas dimensiones podremos aspirar a una sociedad que no solo imagine futuros sofisticados, sino que también garantice presentes dignos.
Seguimos siendo incapaces de garantizar las condiciones mínimas de vida para millones de personas.
Es comprensible vivirlo como una especie de locura colectiva, porque la contradicción es tan grande que roza lo absurdo: tenemos la capacidad técnica, científica y organizativa para garantizar condiciones mínimas de vida a toda la población mundial, y sin embargo no lo hacemos. Pero no es locura; es estructura, historia, intereses y prioridades mal alineadas.
La razón de fondo es que el progreso humano no avanza de manera uniforme. La tecnología puede crecer de forma exponencial porque depende del conocimiento acumulado y de incentivos económicos claros. El progreso moral, en cambio, depende de decisiones colectivas, de empatía, de instituciones que funcionen y de una voluntad política que no siempre coincide con el bienestar común. La desigualdad no es un accidente: es el resultado de sistemas que distribuyen poder y recursos de forma muy desigual, y que tienden a perpetuarse.
A esto se suma que vivimos en un mundo hiperconectado pero emocionalmente fragmentado. La posverdad, la polarización y la saturación informativa hacen que sea más fácil discutir sobre avances futuristas que enfrentar las injusticias presentes. Y cuando una sociedad pierde la capacidad de mirar de frente sus propias contradicciones, normaliza lo inaceptable.
No estamos locos; estamos desajustados. Hemos desarrollado herramientas para transformar el mundo, pero no hemos desarrollado con la misma fuerza la responsabilidad de usarlas para todos. Por eso, sin cultivar emociones que nos conecten con los demás y sin un compromiso serio con los hechos, seguiremos viviendo en esta paradoja donde lo posible no se convierte en lo real.
¿Cómo se podría empezar a corregir este desbalance? Corregirlo no es un acto único ni un gesto heroico, sino un proceso profundo que empieza por reordenar las prioridades colectivas y desmontar inercias que hemos normalizado durante décadas. El primer paso es asumir que la desigualdad no es un fenómeno natural, sino el resultado de decisiones políticas, económicas y culturales que pueden modificarse.
A partir de ahí, la clave está en reconstruir el vínculo entre conocimiento y responsabilidad: si la humanidad es capaz de crear tecnologías deslumbrantes, también debe ser capaz de utilizarlas para garantizar derechos básicos.
Esto implica fortalecer instituciones que protejan a los más vulnerables, invertir en educación emocional y crítica que permita a las personas distinguir entre hechos y falsedades, y promover una cultura donde el éxito no se mida sólo por la innovación técnica, sino por la capacidad de mejorar vidas reales.
También requiere que la ciudadanía recupere un papel activo, exigiendo transparencia, justicia y coherencia a quienes toman decisiones. El desbalance empieza a corregirse cuando dejamos de aceptar la paradoja como inevitable y empezamos a tratarla como lo que es: una falla ética que puede y debe ser reparada mediante voluntad colectiva, empatía cultivada y un compromiso firme con la verdad y la dignidad humana.
Para citar esta entrada
Dr. JJulián Arroyos: La paradoja del progreso: tecnología desbordante, humanidad insuficiente En Niaia.es 28/05/2026. Publico previamente en Viento Sur
Creemos en el libre flujo de información. Republique nuestros artículos libremente, en impreso o digital, bajo licencia Creative Commons, citando la fuente La Web de NIAIÁ y sus publicaciones (salvo aquellas en las que se especifique de otra manera) están bajo una Licencia Creative Commons


