Viviendas comunitarias, jóvenes y creación de comunidad

Patricia Millán, colaboradora de Economistas sin Fronteras

Este artículo es un ejercicio de reflexión sobre las comunidades, sobre su creación, o impulso, desde el punto de vista de las personas más jóvenes de nuestra sociedad, con el objetivo de tener argumentos y puntos de debate a la hora de evaluar las iniciativas de viviendas comunitarias para jóvenes.

Son muchas las voces expertas que coinciden en señalar que la adolescencia, etapa del crecimiento y desarrollo humano que se relaciona con el inicio de la juventud, es la etapa vital en la que más peso tiene la pertenencia al grupo, a la comunidad. La etapa donde, generalizando, se pasa de dar importancia a la familia a dar importancia al grupo exterior, al grupo de las amistades.

La comunidad, que podríamos definir como un compartir vida y destino, o un ser parte de un tiempo y un espacio percibido como común, según Ferdinand Tonnies[i], tiene toda su fuerza y peso emocional y de bienestar en las personas jóvenes. Así, aunque personas de todas las edades necesitamos sentir que pertenecemos a algo, podríamos decir que esa necesidad es una de las cuestiones más importantes en las personas jóvenes.

Existen en el Estado español iniciativas habitacionales que proponen la convivencia de personas jóvenes para crear comunidad, tomando como punto de partida la importancia de esa necesidad de pertenencia a un grupo en la vida a esa edad. La comunidad pretende impulsarse desde la convivencia —por ejemplo, como vecinas o compañeras de piso— , o con zonas, actividades e incluso proyectos comunes, como, por ejemplo, las viviendas comunitarias intergeneracionales, donde se da una convivencia con personas jubiladas con el objetivo de que se aporten mutuamente, o la vivienda comunitaria de Txirikorda en Usurbil, Euskadi.

Esta iniciativa tiene el propósito de, por un lado, con respecto a las personas mayores, luchar contra el edadismo y la soledad no deseada, haciendo partícipes a las personas jubiladas de un proyecto y unas actividades donde tendrán voz y voto. Por otro lado, con respecto a las personas jóvenes, busca que puedan compartir las experiencias de sus mayores, impulsar con su energía proyectos y mejoras en las comunidades en las que están y aportar conocimientos e ideas, actualizando las pautas, las iniciativas y las relaciones que puedan crear en su comunidad.

Sin embargo, consideramos que las personas jóvenes tienen muchas dificultadesy retos que les hacen muy complicada la tarea de generar comunidad, e incluso, ni siquiera pueden llegar a tener en su imaginariocolectivo este tipo de convivencia.

En primer lugar, y creo que no decimos nada nuevo, en la sociedad actual —y sobre todo en las ciudades— se están implementando dinámicas cada vez más individualistas, y son pocas las asociaciones o grupos que generan espacios pensando en la comunidad. Una vez marcado este contexto general, pasamos a enumerar las dificultades más importantes con las que se enfrentan las personas jóvenes para la creación de comunidad.

Para la creación de comunidad hace falta una cierta estabilidad que permita compartir la vida, y esa estabilidad es difícil de encontrar entre las personas jóvenes en el contexto actual. Por un lado, hay que tener en cuenta los cambios demográficos del modelo de familia: la estabilidad sentimental o la creación de nuevas familias parecen menos estrictas que hace tres décadas. Estos cambios tienen impacto en las soluciones habitacionales que ocupamos.

En este sentido, destacamos que a una edad temprana es más fácil que se cambie de parecer o de situación civil, de querer estar sola o tener criaturas, de planificar un futuro compartido con alguien —pareja, hermana o hermano o amigos u otro tipo de personas— e incluso que, al tiempo, evolucione la idea y se considere o se prefiera otro tipo de vida. O que se vean obligadas, por circunstancias diversas, como podría ser la enfermedad grave de un familiar, a modificar la elección de convivencia.

Además, en estos momentos, tenemos un mercado laboral precario para los jóvenes, que, según el ISTAS —el Instituto Sindical de Trabajo, Ambiente y Salud—, se define en base a cuatro grandes dimensiones: la inestabilidad en el empleo, la vulnerabilidad, los menores ingresos y la menor accesibilidad de la población afectada a prestaciones y beneficios sociales. A estas dos cuestiones, hay que añadir la crisis habitacional, que, como se apunta en el artículo de El SaltoCapitalismo, vivienda y salud: la precariedad habitacional como problema de salud pública”, no sólo afecta a esta mínima estabilidad necesaria para crear una comunidad, sino que llega a repercutir también sobre la salud.

En este sentido, además, algunas de las iniciativas públicas de alquiler de viviendas comunitarias para jóvenes suelen ofrecer una solución habitacional con una temporalidad corta, de unos 3-5 años, que no siempre responde a una elección de querer vivir en una comunidad, sino que puede disfrazar el sólo hecho de querer un alquiler de vivienda asequible, al no existir opciones de vivienda de alquiler no comunitarias al precio de las públicas.

Todas estas cuestiones no contribuyen a crear un escenario de futuro mínimamente estable para la creación de una comunidad en cuanto a vivienda. El sistema no ofrece soluciones habitacionales dignas y adaptadas a las personas jóvenes y en comunidad, pensadas para generar sinergias y grupos que experimenten el valor de lo compartido y para la necesidad de creación de redes que nos sostengan durante nuestras vidas vulnerables.


[i] Tonnies, Ferdinand, Comunidad y asociación, Editorial Península, Barcelona, 1979 (publicado originalmente en 1887).

Para citar esta entrada

Patricia Millán, colaboradora de Economistas sin Fronteras, en Niaiá 22/12/2025

Artículo publicado en elsaltodiario.com (13 octubre, 2025) y en la web de Economistas sin Fronteras (https://ecosfron.org/viviendas-comunitarias-jovenes-y-creacion-de-comunidad/

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