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Enrique Javier Díez Gutiérrez
Pedagogo, escritor, activista y profesor de Ciencias de la Educación en la Universidad de León
El terrorismo neofascista como política de estado en el capitalismo terminal
En las fases crepusculares de los sistemas históricos, la excepción tiende a convertirse en norma. El actual capitalismo senil occidental atraviesa una fase terminal. En su agonía, sus coletazos se vuelven crecientemente destructivos.
Como ha ocurrido en otros momentos de declive histórico, durante sus estertores emergen los monstruos. Recordemos figuras como Calígula o Nerón, símbolos del ocaso de la dinastía Julio-Claudia en el Imperio romano, cuyo ejercicio del poder combinó arbitrariedad, crueldad, brutalidad y un exhibicionismo grotesco.
Trump, Netanyahu o Milei encarnan hoy esa misma lógica de barbarie, violencia normalizada y excentricidad esperpéntica. No se trata de simples anomalías, sino de expresiones políticas coherentes con un sistema en descomposición, incapaz de reproducir consenso y cada vez más dependiente de la brutalidad, el autoritarismo y la deshumanización para sostenerse.
La política internacional se ha degradado en una escenografía de excesos, donde el insulto sustituye al argumento y la violencia simbólica y material se convierte en herramienta de gobierno. Estos liderazgos no inauguran una nueva era, sino que anuncian un final. Como ocurrió en el tránsito del mundo romano clásico hacia su fragmentación, la proliferación de figuras grotescas y brutales no es causa del colapso, sino uno de sus síntomas más visibles.
Son, en última instancia, los rostros deformados de un orden que agoniza. Pero la agonía de los imperios, que ha sido siempre prolongada, nunca ha transcurrido sin dejar tras de sí un reguero de cadáveres y una destrucción de dimensiones inimaginables.
Los procesos de declive imperial, como el actual del capitalismo senil occidental, se ven presididos por una intensificación de la violencia, el saqueo y la negación de cualquier límite ético o jurídico.
Eso es precisamente lo que estamos presenciando hoy: la destrucción sistemática del derecho internacional y la quiebra de los mínimos dispositivos internacionales de contención de la barbarie que se consagraron tras la Segunda Guerra Mundial.
El genocidio en Palestina, perpetrado por el eje terrorista estadounidense–israelí con la complicidad activa o silenciosa de la Unión Europea, constituye una ruptura civilizatoria y de todo derecho internacional y de la capacidad ética y humana de la especie de enorme alcance.
A ello se suma el asesinato criminal del régimen terrorista estadounidense en aguas internacionales contra Venezuela, expresión de una piratería marítima ejercida por la fuerza, al margen de toda legalidad internacional, o la amenaza de invasión a un país soberano para hacerse con sus recursos y materias primas, con el silencio total del resto de los países occidentales.
El genocidio en Sudán, impulsado por los Emiratos Árabes Unidos, mediante tácticas de exterminio similares a las empleadas en Gaza, revela hasta qué punto la violencia extrema se ha convertido en un método normalizado de gestión geopolítica.
Del mismo modo, las gravísimas violaciones del derecho humanitario que constituyen crímenes de guerra y de lesa humanidad en Libia y en Yemen —resultado de la intervención de Estados Unidos en alianza con el régimen saudí— confirman que la ley ha sido sustituida por la lógica del castigo del más fuerte y la impunidad estructural de los estados terroristas como Estados Unidos o Israel.
No estamos ante una sucesión de conflictos desconectados, sino ante un patrón coherente: el ejercicio desnudo del poder por parte de un orden imperial en declive, abanderado por Estados Unidos, Israel y la Unión Europea con sus aliados satélites, incapaz de sostener su hegemonía sin recurrir a la violencia masiva y a la anulación explícita de las normas que él mismo proclamó como universales.
Pero no se trata únicamente de quienes dirigen estos países. No se trata del personaje grotesco, misógino y criminalmente condenado que encarna Donald Trump en Estados Unidos. Del mismo modo que no se trata solo del dirigente sionista, criminal y genocida que representa Netanyahu al frente del régimen israelí. Exponentes paradigmáticos de una constelación más amplia de liderazgos reaccionarios, autoritarios y abiertamente racistas: Milei en Argentina, Kast en Chile, Meloni en Italia, Orbán en Hungría, etc.
El problema de fondo no reside exclusivamente en estas figuras, por aberrantes que resulten, sino en las sociedades que los han llevado al poder. Son naciones y pueblos que, a través de mecanismos formalmente democráticos, han decidido investir como dirigentes a estos personajes, normalizando el odio, la crueldad, el desprecio por la vida y la negación del otro. No estamos ante un simple accidente electoral, sino ante una deriva política y cultural profunda, en la que amplios sectores sociales optan conscientemente por proyectos de deshumanización.
Esta elección no puede explicarse solo por la manipulación mediática o la ignorancia inducida, aunque ambas desempeñen un papel central. Expresa también el uso de los marcos democráticos liberales para el ascenso del neofascismo y la interiorización de una lógica autoritaria que promete orden, castigo y exclusión como respuesta a crisis que el propio sistema ha generado. Cuando el miedo sustituye a la solidaridad y la venganza al proyecto colectivo, la barbarie deja de ser una anomalía y pasa a convertirse en opción política legítima.
Un ejemplo especialmente nítido de la consagración de la barbarie como agenda política, en este capitalismo neofascista en fase terminal, es la National Security Strategy de Estados Unidos, publicada en noviembre de 2025. En ella se explicita, sin ambigüedades ni pudor alguno, la disposición a interferir en los procesos electorales internos de los Estados europeos con el objetivo de favorecer a las fuerzas de extrema derecha. La injerencia deja de ser una práctica encubierta para convertirse en doctrina declarada, ejercida con total impunidad.
Si Europa ya funcionaba de facto como una colonia militar estadounidense —con sus bases militares asentadas en todo el territorio europeo y con la obligación de la compra de 800.000 millones de euros en armamento a las compañías norteamericanas para sacar de la recesión a Estados Unidos—, el gobierno de Trump va un paso más allá: transformar esa subordinación en una colonización integral, también económica y política.
Este proceso no es un exceso coyuntural, sino la plasmación de la lógica de un imperio en declive que, incapaz de sostener su hegemonía internacional por coerción económica (FMI, Banco Mundial, etc.), golpes de Estado (en todos los países cuyos recursos quería), y guerras interpuestas o genocidios (como en Ucrania o Palestina), como hasta ahora, opta por la coerción abierta, la injerencia directa y la destrucción de cualquier principio de soberanía democrática nacional, incluso entre sus supuestos aliados. La barbarie ya no es un efecto colateral: es el programa.
Si no se reacciona a tiempo —desde una reconstrucción democrática radical, desde la soberanía popular y desde un internacionalismo multilateral alternativo— el desenlace no será únicamente la barbarie política global. Lo que está en juego es la supervivencia de la civilización, de la propia especie y del planeta, porque el imperio está armado con bombas nucleares y el botón rojo para lanzarlas está en manos de locos. El colapso no será solo institucional, sino civilizatorio y ecológico. O se resiste colectivamente, o se permitirá la extinción final. No hay neutralidad posible.
Para citar esta entrada
Díez Gutiérrez Universidad Central del Ecuador En Niaia.es 05/01/2026. Publicada previamente en Mientras Tanto, 12/05/2025
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