Bajo la mesa del cristal. Imagen de María José Coronado
María José Coronado Luque
Madre, poeta y tallerista de Filosofía con Niñas y Niños
Pienso que no es bueno quedarse paralizada ante ciertas situaciones de la vida, es decir, quedarte quieta en la orilla para imitar, como el molusco, a las rocas.
Pero, en realidad, nadie puede estar inmóvil en ninguna parte, porque todos estamos siendo constantemente atravesados por la carne viva del planeta, carne de piedras que se reencarna en infinitos artefactos e ingenios de nuestras vidas diarias. Así lo afirma el filósofo italiano Enmanuel Coccia.
Y esto solo puede querer decir que ella, la Tierra, nos ama, y que existen muchas diferentes formas de amar.
Hace tiempo, en el Paleolítico, cuando nos dedicábamos a la recolección y la caza, fuimos invitados por las plantas a quedarnos, a asentarnos en pequeñas aldeas para descubrir la agricultura. En ese momento, la vegetación se ganó nuestra confianza y un lugar en la historia de nuestra especie.
Por lo tanto, allí donde hay huella humana, Gaya hace su alquimia y se metamorfosea para encontrar las mil y una formas que le permiten tocar nuestra piel. A veces nos habita reformulada como una cosecha y otras en el cristal donde, como salamanquesas, apoyamos nuestras manos buscando al hijo en la sala de los recién nacidos.
En nuestras propias casas, las duras piedras y minerales siempre están presentes en forma de pantallas, cocinas prefabricadas, hilos sintéticos que cosen nuestras prendas o en las tierras raras que encienden nuestros móviles.
En ese lugar concreto del mundo donde vivimos, las casas, que muchos anhelan poder alquilar por un precio razonable y así tener una vida digna, el planeta hace su alquimia desmontando la masa de sus átomos para amoldarse a nuevas geometrías que le permitan habitarnos.
Por esta razón estamos visitando remotos parajes sin poner un pie en la puerta, sin viajar. Lugares como los que podemos contemplar leyendo la odisea de “el Vasco de la Carretilla”, alguien que decidió recorrer Argentina a pie, alguien que se construyó, con latas usadas, un refugio en las cataratas de Iguazú, tal como nos cuenta el escritor Bruno Galindo en su imprescindible obra titulada Nadie nos llamará antepasados, Libros del K.A.O.
Incluso en aquellos espacios de apariencia inaccesible, donde la huella humana apenas ha rozado nada, la orografía planetaria se abrirá, más tarde o más temprano, a un diálogo que terminará en una mudanza del paisaje hasta nuestras vidas, redefiniéndose en rejas, alicatados, suelos, grifos o andamios.
Porque tener un hogar es una idea con imán, un tractor ancestral para todos los pueblos (incluso Gaza), un lugar común a donde regresar, volver. Pero no sólo por la razón que generalmente pensamos (para protegernos o descansar). También se trata de ser amados y amadas por la Tierra.
El planeta nos abraza, como las pequeñas piedras de la orilla se abrazan unas a otras al amanecer en el poema de Mary Oliver.
En la playa, al alba:
cuatro piedrecitas
sin duda se abrazan.
Cuántos tipos de amor
podría haber en el mundo,
y cuántas formaciones
podrían crear,
¿y quién soy yo para siquiera
imaginar que podría conocer
un asunto tan prodigioso?
Fragmento: En la playa Mary Oliver, ed. Lumen
Y tú, ¿crees que se puede llegar a conocer todas las diferentes formas de amor que existen
Para citar esta entrada
María José Coronado Luque. (madre, poeta y tallerista de FpN) Filosofía para el tupper “Un asunto prodigioso»- En Niaia.es 01/12/2025. El articulo ha sido publicado previamente en Imagine, fanzine de cultura digital.
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