
Amparo Merino
Universidad Pontificia Comillas
Democratizar la empresa en clave ecosocial
Amparo Merino, Universidad Pontificia Comillas
El reciente informe público sobre democracia en el trabajo, Dos promesas a quienes trabajan: voz y propiedad[1], nos recuerda algo fundamental: la empresa no es solo una entidad económica, sino también una institución política. Si defendemos el principio de “una persona, un voto” en la esfera pública, ¿por qué aceptamos que en la empresa rija el principio de “una acción, un voto”? Ampliar la voz y la propiedad de quienes trabajan es un paso necesario, porque la democracia no puede detenerse en la puerta del trabajo. Sin embargo, en un contexto múltiples crisis ecosociales, la cuestión va más allá: ¿puede existir una empresa verdaderamente democrática dentro de un modelo extractivista y desigual, basado en la primacía del capital, la acumulación y el imperativo del crecimiento?
Responder a esta pregunta implica revisar cómo entendemos lo “alternativo” cuando hablamos de economías o de empresas alternativas (a empresas capitalistas no democráticas). Se nos pueden venir a la mente experiencias como Som Energia, que impulsa la transición energética desde una cooperativa de consumo con participación democrática de sus socios; redes de economía solidaria como el Mercado Social de Madrid, que promueven circuitos económicos basados en criterios ecosociales; o iniciativas agroecológicas como Surco a Surco, que fortalecen la soberanía alimentaria y el vínculo campo-ciudad. Son ejemplos diversos que encarnan elementos centrales de una transición ecosocial justa (relocalización, suficiencia, justicia distributiva y corresponsabilidad comunitaria) aunque lo hagan desde trayectorias distintas.
Sin embargo, seguimos atrapados en una paradoja: mientras se multiplican las iniciativas transformadoras, las estructuras de la modernidad capitalista permanecen en gran medida intactas. Parte del problema radica en concebir lo alternativo como una categoría fija o como un refugio utópico ligado a determinadas formas jurídicas. En realidad, proyectos con vocación transformadora pueden ser absorbidos por el mercado, y lo dominante tampoco es estático: posee una notable capacidad para integrar la disidencia. Esta dinámica se sostiene en lo que J.K. Gibson-Graham denominaron capitalocentrismo[2]: un marco mental que otorga valor positivo a las actividades asociadas al capitalismo y relega las demás formas de producción y distribución a posiciones subordinadas, definiéndolas siempre en relación con él (como idénticas, opuestas o complementarias) y reduciendo así la diversidad de formas de lo económico.
Desde esta perspectiva, lo alternativo no designa un tipo ideal de empresa, sino una posición relacional que se construye en tensión con un régimen dominante. Una cooperativa o una empresa social no son alternativas por definición; lo son en la medida en que cuestionan o resignifican las lógicas de acumulación en un contexto concreto. Esa posición puede ampliarse o reducirse con el tiempo. Estas iniciativas interactúan constantemente con mercados, regulaciones y marcos culturales que tienden a reorientar las prácticas hacia la eficiencia, la competencia y el crecimiento lineal. Por tanto, las economías alternativas no son categorías fijas, sino espacios híbridos donde se disputa el significado del valor, la propiedad y el propósito empresarial.
Por ello, democratizar la empresa en clave ecosocial no puede limitarse a innovar dentro del sistema. El sesgo pro-innovación presente en muchos debates sobre transición tiende a sobreestimar el “hacer” y a descuidar la necesidad de “deshacer” las estructuras que sostienen la acumulación infinita. No basta con crear nichos sostenibles si no se cuestionan los marcos institucionales y culturales que naturalizan el crecimiento perpetuo. Desde principios de la transición ecosocial justa, democratizar la empresa implicaría también reducir actividades social y ecológicamente dañinas, redistribuir riqueza y tiempo de trabajo, y revisar qué sectores deben transformarse o incluso desaparecer[3]. En este sentido, resulta clave reconocer la diversidad de formas económicas ya existentes y atender al pluriverso al que se refiere Arturo Escobar[4]: la coexistencia de múltiples formas de vida, conocimiento y organización económica basadas en principios distintos a la modernidad capitalista.
En fin, incorporar miradas desde el ecofeminismo, el procomún o el pluriverso no significa idealizar lo alternativo ni negar la complejidad del cambio institucional. Significa reconocer que la forma empresarial dominante no es natural ni inevitable y que la transición ecosocial justa no consiste en sustituir un modelo cerrado por otro, sino en abrir un campo de disputa donde se resignifican continuamente la propiedad, el valor y el poder. Solo así la empresa puede dejar de ser un espacio de subordinación y convertirse en un ámbito de deliberación, dignidad y corresponsabilidad colectiva.
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[1] Encargado por la Vicepresidencia Segunda y el Ministerio de Trabajo y Economía Social a una Comisión internacional de expertos y expertas de alto nivel sobre la democracia en el trabajo en relación con el artículo 129.2 de la Constitución Española.
[2] Gibson-Graham, J.K. (2006). A Postcapitalist Politics. Minneapolis: University of Minnesota Press.
[3] Brasero, A., Fernández Casadevante Kois, J.L., Herrero, Y., Pariente, H. (2024). Transición Ecosocial Justa. Desde el desánimo a la esperanza activa. Foro Transiciones. Disponible en: https://forotransiciones.org/wp-content/uploads/sites/51/2024/10/Transicion-Ecosocial-Justa-FINAL-INTERACTIVO.pdf
[4] Escobar, A. (2018). Designs For the pluriverse: Radical interdependence, autonomy, and the making of worlds. Londres: Duke University Press.
El seminario se celebra en línea
La sesión tendrá lugar Miércoles, 18 de marzo de 2023, 17:30 a 19:00 La sesión se celebrará en la plataforma Zoom Los datos exactos se publicarán el 16 de marzo
