NIAIÁ

El individualismo occidental en tiempos de responsabilidad social

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Javier González Vela

Licenciado en Ciencias Físicas por la UAM

Hace más de dos años apareció en China el virus de la COVID-19, que enseguida se extendió por todo el planeta, provocando la mayor pandemia de los últimos cien años. Desde entonces hemos asistido a todo tipo de estrategias y políticas establecidas por los distintos países y dirigentes, y hemos visto cómo las sociedades de estos países reaccionaban de maneras diferentes a lo que se les planteaba.

Creo que, en general, es posible diferenciar entre las respuestas que han dado las sociedades orientales y las que han dado las occidentales, especialmente Europa y Norteamérica. De África y de Sudamérica poco se puede decir, porque o bien el virus ha tenido ahí menos incidencia, o  simplemente porque nos llegan pocas noticias de esas zonas del mundo, entretenidos como estamos en mirarnos nuestro propio ombligo. Pero Europa y Norteamérica nos tocan más de cerca, además de que aquí la incidencia del virus ha sido alta.

China empezó confinando sin contemplaciones a millones de personas en enero de 2020, y desde entonces ha seguido una estrategia de Covid Cero que ha implicado severas restricciones para toda su población. Otros países asiáticos han seguido los mismos pasos, teniendo, todo hay que decirlo, unos resultados sanitarios razonablemente buenos en su lucha contra la pandemia. Corea del Sur, por ejemplo, consiguió controlar la pandemia en cuestión de pocas semanas utilizando, entre otras cosas, aplicaciones digitales de distribución masiva entre la población. Aplicaciones similares se usaron tiempo después en Europa con mucho menos éxito, incluida la denominada “Radar Covid” que se desarrolló en España y que muy poca gente ha usado. El filósofo coreano Byung-Chul Han, en una entrevista concedida al diario El País el 21 de marzo de 2020,  sostenía que el uso del Big Data que hicieron los gobiernos asiáticos fue claramente superior a las respuestas europeas, donde la defensa de valores como la privacidad,  la intimidad y la individualidad hacen muy difícil que prosperen este tipo de iniciativas.

Comparando las reacciones occidentales con las orientales, vemos en Oriente unas sociedades que han aceptado sin grandes discusiones ni debates la situación, tal vez por imposición de las élites gobernantes, pero también por el propio convencimiento de la población de colaborar en un objetivo común. Por el contrario, en los países occidentales, después del golpe y la sorpresa inicial que hicieron que en todas partes se asumieran unos confinamientos antes impensables, han empezado a proliferar movimientos contestatarios que niegan la pandemia, sus efectos, sus orígenes, o simplemente los métodos que se utilizan para combatirla, y todo ello en nombre de un concepto estrecho de libertad individual.

Esto constituye un buen ejemplo de las distintas mentalidades presentes en el mundo oriental y occidental y de sus distintas concepciones de la sociedad. El mundo occidental ha desarrollado una concepción individualista de la sociedad, con un fuerte sentido de la autonomía personal y predominando valores como el de la libertad (entendida por la mayor parte de la población como la capacidad que tengo “yo” para hacer lo que estime conveniente), que refuerzan el carácter individual de las personas. Mientras tanto, en las culturas orientales existe una visión más colectivista que tiende a poner los objetivos de la sociedad en su conjunto por encima de los del individuo.

Estas diferencias culturales las resalta Richard E. Nisbett, psicólogo social y codirector del programa Cultura y Cognición de la Universidad de Michigan, en su libro The Geography of Thought: How Asians and Westerners Think Differently…and Why: las sociedades orientales, colectivistas, dan más importancia al grupo que a la persona, a los demás frente al individuo aislado, lo que desemboca en sociedades en las que sus componentes tienden a apoyarse más fácilmente los unos a los otros. Mientras tanto, en las sociedades occidentales, individualistas, lo que prima es la persona por encima de todo lo demás, el propio beneficio por encima del beneficio del grupo y la libertad como valor supremo, lo cual genera unas sociedades más competitivas en la que los lazos sociales, e incluso familiares, son más débiles, lo cual es una fuente de insatisfacciones que acaban provocando un número mayor de problemas como depresiones y ansiedades.

Quien mejor reflejó estas ideas occidentales fue sin duda la entonces primer ministra británica, Margaret Thatcher, cuando declaraba en una entrevista a la revista Women’s Own el 31 de octubre de 1987 que la sociedad no existía, que sólo existían hombres y mujeres individuales («there is no such thing as society. There are individual men and women, and there are families»).

En noviembre de 1859 Charles Darwin publicó El Origen de las Especies, señalando a la selección natural como el mecanismo principal de la evolución de las especies. La teoría de la evolución fue una revolución científica que tuvo una gran influencia en el pensamiento occidental posterior, y dio pie a que se desarrollara un modelo social de inspiración “darwinista”, en el que primaba la idea de la lucha por la supervivencia y la idea de la supervivencia del más apto. Una visión sin duda muy individualista, que se extendió al modelo social con muy diversas consecuencias, algunas devastadoras.

Pero la supervivencia del más apto en una lucha competitiva por la supervivencia como método fundamental y único de la evolución no es una idea aceptada sin discusión, y son muy diversas las voces que defienden posiciones en las que la colaboración desempeña un papel importante. Podemos destacar al biólogo estadounidense Edward O. Wilson, que en su libro “La conquista social de la Tierra” sostiene la tesis de que la especie humana es fundamentalmente solidaria, o al zoólogo ruso Pedro Kropotkin, quien desarrolló la teoría del apoyo mutuo en su libro del mismo nombre (“el apoyo mutuo: un factor en la evolución”), defendiendo una visión científica de la ética en el que la cooperación constituía un mecanismo básico de supervivencia de los animales. Hay que decir que Kropotkin fue, además de naturalista, uno de los principales teóricos del movimiento anarquista.

Ya mediados del siglo XX, la bióloga Lynn Margulis, Catedrática de Biología de la Universidad de Massachusetts y Doctora en Genética por la Universidad de California-Berkeley, a través de sus estudios propugnaba una visión alternativa de los mecanismos de la evolución  que no contradecían las teorías de Darwin, sino que las completaban. Los trabajos de Margulis demuestran que para la supervivencia de una especie tanto o más importante que ser el más apto es la colaboración entre los individuos de la especie.

Joseph Henrich, antropólogo, profesor y director del Departamento de Biología Evolucionista Humana en la Universidad de Harvard, editaba recientemente su obra The weirdest people in the world, de la cual se hacía eco la prestigiosa Revista de Libros, que publicaba en enero de 2021 el artículo titulado “Los occidentales, las personas más raras del mundo”. Henrich defiende que el rasgo del individualismo occidental es más bien una anomalía evolutiva, y la explica a través de la cultura, a la que considera como el rasgo más característico de la naturaleza humana, que moldea la psique del ser humano. Aunque tenemos un sistema de herencia dual con una parte genética y otra cultural, la cultura predomina en espacios de tiempos breves, aquellos que se pueden apreciar a escala humana. Y en el caso de los occidentales, es la cultura (que él identificaba históricamente en el momento en que el cristianismo empieza a imponer su visión a través de la recién creada Iglesia Romana) la que ha acabado por generar un carácter extraño en los occidentales.

Finalmente, resaltar también el trabajo de Robert Axelrod, Profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Michigan y PhD por la Universidad de Yale, que relacionó en sus experimentos los planteamientos de la evolución con la teoría de juegos, diseñando pruebas en las que exponía a los participantes a distintas versiones del dilema del prisionero, y llegó a la conclusión de que la estrategia que obtiene mejores resultados a largo plazo es la de la cooperación. Es decir, que a nivel evolutivo la estrategia de colaboración, y no solo la supervivencia del más fuerte por competitividad, es una estrategia de éxito.

¿Debemos aceptar entonces la tesis de Henrich y considerar el individualismo occidental como una anomalía en términos evolutivos? Y si es así, ¿debemos concluir que es un rasgo perjudicial para el desarrollo y la supervivencia del conjunto de la especie humana?

Creo que es innegable que la visión occidental del mundo ha traído valores y ventajas a las que difícilmente querríamos renunciar, que se concretan en derechos que ahora consideraríamos indiscutibles: el derecho a la vida, a la libertad, a la seguridad personal, a la presunción de inocencia, a la libre circulación, a la libertad de pensamiento, de opinión y de expresión. En general, el derecho a llevar una vida plena, a desarrollarte como persona libre y autónoma en busca de tu propia felicidad. Y todo ello sin olvidar que el pensamiento occidental nos ha hecho prosperar hasta alcanzar cotas inimaginables en siglos anteriores, y nos ha traído un bienestar personal al que no deberíamos tener que renunciar. Todo, gracias a que en Occidente prosperó un pensamiento mucho más analítico, que posibilitó el gran desarrollo de la ciencia que ha modelado el mundo actual.

Pero los inconvenientes no son precisamente menores: se complica cualquier solución a problemas que exijan una respuesta colectiva, y en los tiempos actuales esto supone un serio riesgo al tener que abordar problemas de gran magnitud que afectan al conjunto de la población mundial, como el cambio climático, la crisis de recursos materiales y energéticos o incluso la propia pandemia, que requerirían no solo algún tipo de gobernanza mundial, sino el consenso y la aceptación amplia de las sociedades que pueblan el planeta. Por el contrario, lo que vemos en Occidente ante cualquiera de estos problemas es el auge de negacionistas y contestarios en general, ya sean antivacunas o negacionistas climáticos, ya sean activistas convencidos o solo simpatizantes, pero en cualquier caso personas que ven las cosas exclusivamente desde el ámbito de “su libertad”, incapaces de reparar en el impacto social que tienen sus actitudes.

Estos rasgos individualistas extremos, que son consustanciales el capitalismo, ponen en riesgo el futuro común y el bienestar de la humanidad en su conjunto. Pero una mirada a sociedades más colectivizadas no aporta tampoco mucha más esperanza. La visión que recibimos de China es la de una sociedad que propugna un “pensamiento único” (lo cual es difícilmente compatible con el surgimiento y progreso de ideas innovadoras), con menor diversidad ideológica y menos autonomía individual, por más que se estén logrando mayores cuotas de riqueza material individual. Pero parece ser una sociedad en la que se produce una mayor conformidad de grupo y en las que los individuos ceden más fácilmente a la presión de grupo. Otras sociedades colectivistas que se han dado en la historia, como pudo ser la de la Unión Soviética y países satélites, a la postre se demostraron fallidas, y en cualquier caso compartían la característica fundamental de ahogar al individuo, con o sin su consentimiento. Y al final, impedir o coartar la libertad.

Ni individualismo extremo ni colectivismo parecen respuestas por completo convincentes. La pregunta entonces sería entonces ¿cómo preservamos el individualismo de la sociedad occidental, que nos permite crecer como personas, al tiempo que desarrollamos una muy necesaria responsabilidad social que nos permita crecer como sociedad, y a la postre, encarar los graves riesgos a los que nos enfrentamos?

Referencias

  • Nisbett, Richard (2003). The Geography of Thought: How Asians and Westerners Think Differently…And Why. New York Free Press
  • Axelrod, R. (1981) The emergence of Cooperation among Egoists. The American Political Science Review, Vo. 75, Nº2 (Jun 1981)
  • Bernal Crespo, J.S. (2012). La cooperación, una estrategia eficiente en el origen evolutivo de nuestra especie. Revista de Derecho, Universidad del Norte.
  • Wilson, E.O. (2012) La conquista social de la Tierra. Barcelona.  Debate

Para citar esta entrada

González Vela, J. El individualismo occidental en tiempos de responsabilidad social. En Niaia, publicado el 10/02/2022 en https://niaia.es/el-individualismo-occidental-en-tiempos-de-responsabilidad-social/

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2 comentarios sobre «El individualismo occidental en tiempos de responsabilidad social»

  1. Un documentado artículo del profesor Gonzälez Vela, generoso si en referir pensamiento anglo occidental. Hubiese sido enriquecedor enterarnos un poco más acerca del eximio Pietr Kropotkin, contemporáneo de Darwin, quien nos proporciona ya tempranamente elementos de peso para contraponer la ya cuestionada teoria de Darwin haciendola con la misma altura de pensamiento que irrumpe y anuncia ya un tiempo postmoderno.

    1. Toda la razón. Kropotkin merece un desarrollo mucho más extenso del que se le podía dar en este artículo, ya que es una figura esencial en las teorías que defienden la colaboración y el apoyo mutuo como mecanismos tanto de la evolución como del comportamiento humano. Quedará para futuras ocasiones, sin duda. Gracias por el comentario.

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